-Oiga señor, ¿este libro es suyo?.
Juan se dio la vuelta preguntándose cómo aquella niña que no
aparentaba tener más de cinco años podía haberse atrevido a dirigirse a él
tirándole un poco de los pantalones para llamarle la atención. ¿Acaso la niña
no percibía todo el odio que había en su interior?. Claro que la pequeña lo
percibía. Lo que Juan no sabía era que ella también se había dado cuenta de
algún modo de que dentro de él había una persona que pedía a gritos una nueva
forma de vida, una persona que estaba totalmente agotada por haber llevado
dentro esa pesada carga de odio y resentimiento durante tantos años.
-¡No!, yo no tengo ningún libro -le gritó Juan- quedando al
mismo tiempo embobado y sorprendido al contemplar el rostro resplandeciente y
sincero de la niña.
-Bueno, pues puede que ya vaya siendo hora de que lea
alguno. Tenga, si no lo reclama nadie, puede usted quedárselo, yo ya tengo
muchos y estoy esperando a saber leer mejor para poder seguir disfrutando y
aprendiendo de ellos.
Juan casi no podía creer lo que estaba viendo. Normalmente
ningún ser humano osaba dirigirle la palabra. A sus cuarenta años se había
convertido en un ser completamente amargado y con una sed tremenda de venganza.
Sed que nunca pudo ver satisfecha. Cuando tenía diez años presenció como un
hombre había asesinado a sangre fría a sus padres y hermanos. A partir de aquel
día empezó a sentir un odio y desprecio por toda la humanidad que, lejos de
disminuir, había aumentado con el tiempo.
Cuando cumplió los veinticinco años, decidió que dedicaría
su vida a buscar al hombre que mató a su familia para poder vengarse. Con el
tiempo se había acostumbrado a que la gente se apartara de él debido a su
carácter tan amargo. Y sin embargo ahora se encontraba hablando con una niña.
De repente Juan se sorprendió muchísimo cuando vio que de
sus labios salieron unas palabras que continuaban con la conversación como si
tuvieran capacidad de decidir por si mismas.
-Bueno... pues dime, pequeña, ¿de qué trata este libro?
Estas palabras no hicieron más que aumentar la sorpresa de
Juan. No había hecho un comentario tan amable a un semejante suyo desde hacía
décadas. Desde luego, esto era un síntoma claro de que algo iba a cambiar en su
vida.
-Pues verá señor. Yo todavía estoy aprendiendo a leer pero
creo que aquí dice algo sobre el amor, el miedo y el odio. Si quiere saber más,
tendrá que leerlo. Bueno, ahora tengo que irme o mi mamá me regañará por
haberme alejado de ella durante tanto tiempo.
Cuando la niña se había alejado unos pasos se detuvo un
momento, se dio la vuelta y se despidió de Juan.
-Adiós señor.
-Adiós –balbuceó Juan-
Aquella noche Juan no dejó de dar vueltas en la cama
pensando en su encuentro con la niña. Tenía el libro en la mesita de noche pero
ni siquiera lo había ojeado. En realidad –pensó- ¿qué podía importar eso?,
había decidido que lo único importante era encontrar al asesino de su familia
para matarlo. Cada día estaba más cerca. Se había pasado la vida investigando
todas las pistas que pudieran llevarlo a encontrar a ese hombre y cada vez le
quedaba menos para conseguirlo.
Con el paso de los meses a Juan le quedaba menos para
encontrar al hombre que, según él, le había destrozado la vida. Cada día ataba
más cabos sueltos. Según sus planes lo encontraría dentro de un año. Cada vez
sabía más sobre ese hombre e intuía que no le iba a costar mucho encontrarlo.
Sin embargo cada día se acordaba más de la niña y del libro que ésta había
encontrado en el suelo al lado suyo, incluso soñaba con ella a menudo así que
un buen día decidió abrir el libro y comenzó a leerlo. Al posar la vista sobre
la primera página le invadió una sensación extraña, por un momento le dio la
impresión de que se encontraba ante una encrucijada de su vida aunque
rápidamente desechó esa idea pensando que últimamente se le pasaban un montón
de tonterías similares por la cabeza.
La noche se le pasó sin darse cuenta, era como si hubiese
caído en una especie de trance que le hizo leer aquel libro tres veces
seguidas, incluso releyendo algunas páginas que encontraba especialmente
interesantes por parecer que estaban escritas especialmente para él.
Leyó en la cama, en la cocina, en el baño, paseando por el
pasillo. En ocasiones tuvo que enjuagarse las lágrimas, el ritmo de su
respiración y el del latido de corazón cambiaban constantemente. Notó como su
piel se le erizaba y se relajaba según sus ojos recorrían los renglones de
aquel singular y misterioso libro. Juan leyó y releyó, y vio escrito con
palabras lo que él siempre había sabido en pensamientos pero nunca había
querido reconocer ni siquiera ante sí mismo: el odio ocupaba tanto espacio en
su corazón que no había permitido manifestarse al amor, el cual había quedado
relegado a lo más profundo de su ser y siempre lo había mantenido a raya.
Había algo dentro de Juan que estaba deseando un cambio de
vida, un giro de ciento ochenta grados. Pero por otra parte había alimentado y
planeado su venganza durante años y uno no se puede deshacer de los
pensamientos de toda una vida en un solo día.
Agotado por el cansancio y las emociones, se tumbó en la
alfombra del salón y se durmió profundamente al instante. Aquel fin de semana
lo pasó sin salir de casa. Los meses seguían pasando y ahora ya sabía donde
vivía el asesino de su familia. Sólo le quedaba decidir cómo y cuándo lo
mataría. En principio tendría que ser en un lugar donde nadie pudiera verlos
pero Juan pronto descartó esa idea. No le importaba acabar entre rejas, de
todas formas, ¿acaso no vivía ya en una prisión?. Era prisionero de su sed de
venganza.
Juan no había vuelto a leer el libro, ni siquiera lo había
vuelto a abrir, sin embargo siempre lo llevaba consigo en el bolsillo a todas
partes. Cada poco lo palpaba con la mano para asegurarse de que el libro seguía
ahí. Incluso en una ocasión el corazón se le puso a cien cuando su mano tardó
más de un segundo en localizarlo en su bolsillo. No podía dejar de pensar en
las palabras del libro pero la sola idea de renunciar a su venganza le
resultaba insoportable. Había pasado demasiado tiempo investigando el rastro
del asesino para tirarlo ahora todo por la borda.
Pasaron las semanas y ahora Juan ya lo tenía todo planeado.
Sabía exactamente cuando y donde iba a encontrarse con el asesino y ajustarle
las cuentas. Sería en la azotea de un edificio. Seguramente no habría allí
nadie más que ellos dos aunque eso era algo que le traía sin cuidado. Lo que a
él le ocurriera después de haber acabado con el hombre que había destrozado su
vida no le importaba lo más mínimo.
La noche anterior Juan soñó con la niña de cinco años.
Aunque el encuentro que tuvo con ella no se había prolongado más allá de unos
cuantos segundos, este recuerdo permanecería en su memoria para siempre. Juan
se preguntaba a veces qué papel jugaba la niña en su vida, si es que jugaba
alguno.
Al levantarse por la mañana, le temblaban las piernas, una
sensación extraña le recorría todo el cuerpo.
-¡Por fin llegó el dia! -dijo en voz alta. Lo tenía todo
planeado, no podía fallar nada.
Juan desayunó como siempre procurando mantener la sangre
fría y se dirigió hacia la azotea del edificio. Una vez allí sólo tenía que
esperar. No sabía la hora exacta pero estaba seguro de que antes del anochecer,
su hombre tenía que aparecer para hacer unas comprobaciones rutinarias y
entonces habría llegado por fin ese momento tan esperado durante casi toda su
vida.
Pasaron varias horas sin que apareciera nadie durante las
cuales un montón de ideas y de recuerdos pasaron por la cabeza de Juan,
recuerdos de una vida amargada.
-Ahora, ya nada importa – pensó-, sólo acabar con él.
En ese instante se oyeron unos pasos de alguien que se
acercaba por el otro lado de la azotea.
-¡Es él!, dijo Juan, acelerándosele el corazón como nunca
antes lo había hecho. Inmediatamente echó a correr hacia él y, sin darle tiempo
a reaccionar, lo agarró fuertemente por la solapa y zarandeándolo le gritó:
-¡Tú!, sí, tú. Tú mataste a mi familia, tú mataste a mis
padres y hermanos. Tú destruiste mi vida.
Juan era mucho más alto y fuerte que el hombre que tenía
enfrente, que no soltó palabra alguna. Lo empujó y el hombre cayó al suelo
dando varias vueltas hasta chocar contra el muro del borde de la azotea. El
hombre se quedó mirando fijamente a Juan que ahora se encontraba ante él
empuñando una pistola. El cielo se había oscurecido rápidamente en la última
media hora y la lluvia era torrencial. A Juan empezaron a caérsele las lágrimas
sin parar y su cuerpo empezó a temblar sin que él pudiera hacer nada para
evitarlo.
Ahora sólo tenía que apretar el gatillo y todo habría acabado, sin
embargo no podía hacerlo, la voz de la niña de cinco años con la que había hablado
durante aquel breve instante y las palabras del libro que ella le había puesto
en la mano resonaban en su interior como si reclamasen algo.
Juan volvió a gritarle con todas sus fuerzas:
-Tú, tú los mataste.
En ese instante sintió convulsiones por todo el cuerpo hasta
que, por fin pronunció dos palabras que cambiarían su vida por completo:
-Te perdono... te perdono. Es hora de dejar ir todo este
odio y resentimiento que me ha engullido durante todos estos años. Te perdono.
Vete en paz.
Juan bajó el arma y cayó desplomado bajo aquella intensa
lluvia perdiendo el sentido.
Al día siguiente se despertó en un hospital cercano al oír
la conversación de dos enfermeras.
-Vaya, por fin se ha despertado, ha dormido casi
veinticuatro horas – dijo una de ellas.
Juan se sentía como nuevo, no recordaba haberse encontrado
tan descansado y tan de buen humor nunca en su vida. Era como si todo su ser le
estuviera diciendo que se había librado de un peso enorme.
-¿Cómo he llegado hasta aquí? –preguntó Juan-.
-Un hombre lo encontró tumbado en una azotea sin
conocimiento y lo trajo hasta aquí, usted estaba empapado. Tuvo mucha suerte
porque casi nadie sube nunca a esa azotea, ese hombre le salvó la vida.
-¡Qué ironía! –pensó Juan- sintiéndose inmensamente feliz
por como había resuelto sus asuntos con aquel hombre.
El hombre al que iba a matar, había acabado salvándole la
vida.
-Por cierto –dijo la otra enfermera- no se lo va a creer,
pero hoy ha venido una niña de cinco años a visitarlo y ha dejado este sobre
para usted.
Juan no se extrañó nada. Siempre había sospechado que había
algo sobrenatural en aquella niña de rostro resplandeciente. Lentamente abrió
el sobre y en su interior encontró una nota que decía:
"Juan, has aprendido la lección del Perdón, el cambio
que estabas esperando ya ha llegado a tu vida. Estudia bien el libro, y cuando
ya no lo necesites tendrás que ayudar a alguien en su camino. Cuando llegue el
momento lo sabrás."
Juan empezó por fin a vivir en paz.